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Universidad: pública y autónoma
Humberto Muñoz García
Campus Milenio Núm. 798, pp. 6 [2019-04-11]
 

Comienzo por decir que, con respecto a la autonomía y al “error de la fracción VII”, es necesario llamar con urgencia a la acción conjunta de investigadores y profesores, de todas las instituciones educativas que hemos construido, de todos los actores políticos que aparecen en el escenario de la ciencia y la educación superior. Unirnos para ganar fuerza, porque en política eso es lo que cuenta para cambiar lo que nos está pasando. Que radica en un punto esencial de los fundamentos institucionales de la universidad pública, porque la autonomía viene ligada a otras nociones de primer orden.

Hay tres conceptos que se necesitan retomar para darle énfasis a la importancia de la educación superior. Esto hace referencia al concepto de lo público, a la noción de la autonomía y al sentido de comunidad (universitaria, científica). Tratar lo anterior no es posible en un corto espacio. Pero lo que sí se puede hacer es exponer la preocupación de que, en algunos sectores poderosos en el país, se quiere arremeter contra el carácter público y autónomo de nuestras universidades, Que se busque fraccionar aún más a la comunidad.

No se puede dejar de mencionar la polémica desatada por el descuido de no incluir la fracción VII del tercero constitucional en la propuesta de reforma educativa del gobierno de la República. La autonomía y el carácter público de la universidad van de la mano. Hemos trabajado en los últimos tres decenios bajo una perspectiva que promovió la nueva gerencia pública, que está ligada a la lógica del mercado. Estado, gobierno y mercado se conjugaron para ponerle límites a la autonomía e intervenir en el desarrollo de las instituciones. La competencia por las becas al desempeño del trabajo académico, a su vez, impulsó la fragmentación de la llamada comunidad académica. Las reglas del juego pusieron a unos académicos contra otros.

Sólo una acotación, ahora, para refrendar que la universidad es pública porque representa un espacio en el que se comparten y se ventilan los asuntos de todos. La universidad es un espacio de convergencia de lo público. La universidad recrea el espacio público. Porque en su seno se da el debate racional de las cuestiones que atañen al interés de toda la sociedad. De la universidad pública fluye conocimiento para el bienestar y la prosperidad social, a través de sus egresados y de los resultados de la investigación. De sus actividades fluye cultura. Produce bienes públicos.

Por su parte, la autonomía debe pensarse desde su concepción política, porque está vinculada con la acción y la expresión libre de todas las ideas en el espacio académico universitario, espacio desde el cual se relaciona con el poder del Estado, con otros poderes fácticos y con la sociedad para que, en teoría, no intervengan ni interfieran en la vida universitaria y en las relaciones que dentro de la universidad mantienen sus actores. Además, hay que considerar que el financiamiento a la universidad pasa hoy por un juego político con el gobierno, que afecta el ejercicio pleno de la autonomía.

Preocupa la idea de comunidad, porque quienes vivimos en las universidades públicas y autónomas nos hemos dividido en grupos de interés y perdido la comunicación interna, que es indispensable para lograr el entendimiento, que mantiene la unión, a pesar de las diferencias de pensamiento que caracterizan al ethos universitario. La identidad institucional y el sentido de pertenencia se sobreponen a las diferencias de óptica y permiten llegar a acuerdos sobre la base de principios y fines compartidos. Ante la complejidad organizativa de las universidades hay que imbuir en los universitarios la condición pública y autónoma de sus instituciones. Conseguir que se comuniquen para dialogar y actuar.

Además, me parece necesario considerar que se requiere un cambio en la política que junte, en lugar de dividir, la ciencia y la educación superior. Esta división ha creado intereses propios en cada ámbito que luchan por defender su espacio de influencia y mantener la desunión. No se dan cuenta, porque lo ignoran, que países donde se dio tal separación terminaron por echarse para atrás. Mientras estos dos campos funcionen cada uno por su lado no se podrá aprovechar positivamente su contribución al avance nacional, ni se podrá llegar a un nuevo régimen de producción del conocimiento como el que está requiriendo el análisis de los grandes problemas del país.

A manera de colofón. En México se necesita plantear nuevos retos para la educación superior y la ciencia. Cumplirlos requiere la existencia de un verdadero liderazgo político. Que su legitimidad convoque. Será crucial que ocurra una correspondencia entre política y academia, que haya motivación y movilización intelectual para repensarnos y reconstruirnos, para reorganizarnos en pos de una sociedad más igualitaria, usando a la educación superior y al conocimiento científico como ejes de la transformación social. En el camino, enfatizar que la educación superior y la ciencia, en conjunto, forman un espacio donde se trasmite el conocimiento, y se enseña cómo producirlo, a las nuevas generaciones. Es un binomio creado en universidades públicas del país, que demanda su afirmación y fortalecimiento para impulsar a la sociedad hacia nuevas etapas de desarrollo.


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Last modification: April 28 2016 13:39:11.  

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