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A favor del cambio en la universidad
Humberto Muñoz García
Campus Milenio Núm. 838, pp. 5 [2020-02-20]
 

En el artículo anterior que escribí para Campus (Num.836), señalé que llegamos a una configuración social e institucional que va a demandar cambios profundos en las universidades públicas, como por ejemplo, en las relaciones de genero hacia la igualdad de oportunidades y el respeto absoluto a las mujeres. Este tipo de cuestiones implican que se produzcan reformas a las leyes que rigen en las universidades y cambios de estructura y funciones que mejoren la interacción entre todos los segmentos de la comunidad.

El caso que ha vivido la UNAM, en los últimos meses, es ilustrativo de problemas de fondo, que articulan lo social y lo institucional, y que deben ser solucionados por la vía del diálogo y la razón entre quienes se movilizan y las autoridades.

Señalaba hace 15 días, que estamos siendo testigos de una serie de fenómenos ligados al debilitamiento de la globalización y a la permanencia de un desarrollo tecnológico, donde lo digital empuja a producir la sociedad con un arreglo institucional distinto al que ha existido hasta ahora. Con espacios y tiempos que agilicen el logro de acuerdos políticos que favorezcan una distribución de los beneficios más equitativa, para permitir a todos un modo de vida digno.

La dinámica de la ciencia y los avances tecnológicos por venir suponen que las universidades se adapten a nuevas formas de trabajo, dentro de sí mismas y con el entorno social, para aprovechar con ventaja dichos avances. Habrá que adoptar nuevos métodos docentes, para la formación de cuadros profesionales y técnicos, modelos interactivos de enseñanza-aprendizaje, y promover una articulación interdisciplinaria en materia de producción de conocimiento. Entender a la universidad como un lugar donde se intersectan flujos de conocimiento que provienen de diversas fuentes, donde la formación de cuadros se hace bajo esquemas más flexibles y donde se entienda que el fin de toda investigación no es publicar un “paper” en una revista indexada.

En este escenario se ubica el problema de la renovación del personal académico, que no ha podido llevarse a cabo del todo, debido a una serie de tapones que obstaculizan dicho proceso. Y la falta de renovación tiene que ver con el cambio generacional de la planta académica y, asimismo, con las relaciones científicas e intelectuales de las distintas generaciones que hoy están presentes en la universidad.

Las políticas educativas oficiales han contenido la apertura de plazas, establecido la deshomologación salarial y provocado que, hoy en día, tengamos un grupo pequeño de quienes inician su vida y trayectoria académica, un grupo mayoritario de personas cuya antigüedad oscila entre 10 y 23 años de labor académica y la generación más vieja formada por académicos que tienen más de sesenta años de edad y una larga antigüedad. Se trata de un grupo que crece día con día.

Voy a iluminar lo dicho, tomando como ejemplo a la UNAM, porque tengo a la mano los datos oficiales. Entre fines de los ochenta del siglo pasado a 2017, el personal académico creció un 44 por ciento, aproximadamente. En este último año la UNAM tenía 40 mil 702 académicos, de los cuales el 56 por ciento son hombres.

Entre 1987 y 2004 hubo una creciente proporción de académicos con más de 60 años de edad, grupo que alcanzó el 8.9 por ciento. Igualmente, la proporción de académicos con más de 24 años de antigüedad se elevó hasta el 22.8 por ciento de la planta en 2004.

En lo que va de este siglo, la UNAM ha seguido expandiendo su personal académico y extendiéndose en el territorio nacional. En el 2017, quienes tenían 60 y más años de edad representaban el 21.6 por ciento, mientras que los de 24 años y más de antigüedad alcanzaron el 27.5 por ciento de la planta académica.

El envejecimiento y la antigüedad de los académicos es más notable en el campo de la investigación, humanística y científica. Asimismo, no ha habido sensibilidad para entender que con el pasar del tiempo y la edad de los académicos, los grupos de adultos mayores tienen cambios orgánicos y físicos que inciden en su “productividad” (González, C.), y niveles de estrés más elevados que los más jóvenes, por las presiones para publicar o perecer (e.g. Urquidi).

Desde hace unos tres lustros, los investigadores dedicados al conocimiento de la educación superior, venimos insistiendo en el problema del envejecimiento de la planta y, también, en algunos de los efectos positivos y negativos del proceso, como la transmisión de experiencias y valores a las nuevas cohortes de académicos o las dificultades de adoptar nuevas tecnologías.

Actualmente, hay que investigar los factores que postergan el retiro, garantizar que las pensiones permitan una vida digna, asegurar los servicios médicos, dar facilidades para que los jubilados mantengan vínculos con la institución, entender que el problema es variable entre las universidades, y estimular a los agentes del cambio para que hagan una reforma razonada de la universidad y de sus relaciones sociales, tal que lleguemos a la universidad que necesitamos en el Siglo XXI.


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Last modification: April 28 2016 13:39:11.  

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